España nunca lideró la psiquiatría mundial. ¿Y si eso tuviera alguna ventaja?

Ensayo breve

Pionero en lo asistencial, pero sin escuela propia.

Cuando los psiquiatras españoles hablamos de la historia de nuestra especialidad solemos recordar un hecho singular. En 1409, impulsado por el padre Joan Gilabert Jofré en Valencia, se creó el Hospital de los Inocentes, considerado por muchos historiadores como el primer centro específicamente destinado a la atención de personas con trastornos mentales en el mundo occidental.

Aquel fue un hito asistencial notable, inspirado por principios morales que hoy llamaríamos humanitarios. Sin embargo, existe una paradoja histórica. Aunque España fue pionera en ese aspecto, la psiquiatría moderna como disciplina científica se desarrolló fundamentalmente fuera de nuestras fronteras.

Los grandes cimientos conceptuales de la especialidad surgieron entre Francia y el mundo germánico. Los alienistas franceses comenzaron a describir sistemáticamente las enfermedades mentales y promovieron la llamada terapia moral. Más tarde, la tradición alemana construyó buena parte de la psicopatología que todavía utilizamos hoy. Kraepelin sentó las bases de las clasificaciones modernas, Bleuler reformuló la comprensión de la esquizofrenia y Kurt Schneider desarrolló conceptos clínicos que siguen formando parte del lenguaje psiquiátrico cotidiano. En paralelo, la escuela francesa continuó elaborando una rica tradición psicopatológica que alcanzó una de sus expresiones más sofisticadas en Henry Ey.

Posteriormente, desde Viena, Sigmund Freud ejercería una influencia extraordinaria sobre buena parte de la psiquiatría y la psicología del siglo XX. Durante décadas, el pensamiento psicodinámico dominó amplios sectores de la salud mental en Europa, Estados Unidos e Hispanoamérica.

Mientras tanto, en el mundo anglosajón iba emergiendo otra tradición. Reino Unido y Estados Unidos impulsaron una psiquiatría más orientada hacia la investigación clínica, la epidemiología, la psicofarmacología, los tratamientos comunitarios y, posteriormente, el modelo biopsicosocial. Con el tiempo, gran parte de la psiquiatría contemporánea acabaría desarrollándose dentro de este marco.

 

La psiquiatría en España

Si observamos la historia de la especialidad con cierta distancia, resulta difícil identificar una escuela psiquiátrica española que haya modificado de forma decisiva el rumbo internacional de la disciplina. Hemos tenido excelentes clínicos, investigadores y pensadores. Algunos alcanzaron reconocimiento fuera de nuestras fronteras. Pero España no produjo un Kraepelin, un Bleuler, un Freud, un Jaspers, un Ey o un Beck. Tampoco desarrolló modelos asistenciales de impacto global comparables a los programas de intervención temprana en psicosis impulsados en Australia o al Open Dialogue finlandés.

Durante gran parte del siglo XX, la psiquiatría española fue incorporando influencias procedentes de distintos lugares. Algunos servicios se identificaban con tradiciones psicodinámicas; otros con la psicopatología fenomenológica europea; otros con enfoques biológicos y descriptivos de inspiración anglosajona; otros con la psiquiatría comunitaria. Con frecuencia coexistían más que convivían. No siempre dialogaban entre sí. En ocasiones competían abiertamente.

Y, sin embargo, quizá precisamente ahí resida uno de los aspectos más interesantes de nuestra historia.

Esto no significa que los psiquiatras españoles hayan estado libres de dogmatismos. Al contrario. Han existido defensores apasionados de prácticamente todas las escuelas imaginables. Pero ninguna de ellas llegó a ejercer una hegemonía comparable a la alcanzada por algunas corrientes en otros países.

Tal vez una de las ventajas inesperadas de no haber creado una gran escuela psiquiátrica española haya sido evitar, como disciplina, la tentación de creer que una sola teoría podía explicar toda la complejidad de la enfermedad mental.

La historia de la psiquiatría está jalonada por modelos que, en distintos momentos, parecieron capaces de ofrecer respuestas completas. La psicopatología descriptiva, el psicoanálisis, la psiquiatría biológica, las neurociencias o los modelos sociales han realizado aportaciones extraordinarias. Pero el paso del tiempo ha terminado revelando también las limitaciones de todos ellos.

Quizá la ausencia de una gran escuela propia no fuera una virtud deliberada. Tal vez fuera simplemente el resultado de nuestra historia académica e institucional. Sin embargo, tuvo una consecuencia peculiar: la psiquiatría española acabó convirtiéndose en un territorio donde coexistían múltiples lenguajes conceptuales sin que ninguno lograra imponerse de manera definitiva.

Y quizá eso la preparó razonablemente bien para el siglo XXI.

Una ventaja inesperada

En una época dominada por la integración de conocimientos más que por las grandes escuelas, la vieja experiencia de convivir con modelos diferentes resulte más útil de lo que parecía.

Cierto es que el verdadero enriquecimiento surgirá cuando sean los propios profesionales, y no solo la disciplina en su conjunto, quienes integren conocimientos y modelos teóricos procedentes de distintas corrientes. Esto exige abrazar la complejidad, aceptar la ausencia de certezas absolutas y convivir con explicaciones necesariamente parciales de la realidad. No todo el mundo parece estar preparado para ello. Pero también creo que es una capacidad que puede entrenarse y enseñarse.

Porque la psiquiatría actual se parece cada vez menos a una disciplina organizada alrededor de una gran teoría dominante. Hoy sabemos que la neurobiología resulta imprescindible, pero insuficiente; que los factores psicológicos importan, pero no lo explican todo; que los determinantes sociales son fundamentales, pero tampoco bastan por sí solos.

Las áreas más dinámicas de la especialidad reflejan precisamente esa complejidad. La investigación en neurociencias continúa avanzando en el estudio de los circuitos cerebrales, la genética y la neuroplasticidad. Al mismo tiempo, crece el interés por fenómenos como la inflamación, la salud metabólica, el sueño, el ejercicio físico, la nutrición y su influencia sobre los trastornos mentales. Cada vez resulta más difícil establecer fronteras nítidas entre cerebro, cuerpo y entorno. La psiquiatría más innovadora ya no busca una explicación única de la enfermedad mental, sino comprender cómo interactúan entre sí factores biológicos, psicológicos y sociales a lo largo de la vida de una persona.

Por todo ello, en una época dominada por la integración de conocimientos más que por las grandes escuelas, la costumbre y experiencia de convivir con modelos diferentes resulte más útil de lo que parecía.

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