Somatizaciones Parte II: la luz al final del túnel

Compartiendo la experiencia

Llegó el día del examen y lo hice bien a pesar de todo. Saqué plaza y me mudé a un piso con otros compañeros de profesión. Conseguí mi autonomía deseada. La angustia en torno a las miodesopsias se aplacó un poco los meses siguientes al no tener ya que fijar la vista en los libros diariamente. Sin embargo, eso que me decía mi entorno: “dejarás de ver esas manchas cuando te acostumbres”, seguía sin cumplirse, a mi pesar.  Desde que me levantaba hasta que me acostaba sabía que estaban ahí, las veía cuando enfocaba a la pared, al ordenador o a alguna superficie clara. Me seguían molestando a diario, principalmente cuando quería disfrutar de la contemplación de algún paisaje bonito al aire libre. Incluso conducir, que me solía gustar, se había convertido en un esfuerzo terrible por obligarme a centrar la atención en la carretera y no en aquellas moscas voladoras que se movían de un lado a otro dentro de mis ojos.

La que fuera por entonces mi pareja detectó que algo no funcionaba. Durante los primeros meses de noviazgo nunca le conté nada sobre mi problema ocular. Me daba vergüenza. Había decidido además que ese problema sin solución era algo que no merecía la pena compartir. Mantenía mi sufrimiento en silencio. Un día, estando de viaje con él, me preguntó por qué me quedaba tantas veces abstraída sin decir nada. Me notaba algo raro; yo sabía a qué se refería. Eran los momentos en los que las miodesopsias captaban mi atención. Decidí entonces contarle todo. 

Desde la parte más física de lo que me ocurría, de la ausencia de tratamientos médicos y, por último, el sufrimiento interno que me ocasionaba en mi día a día. Recuerdo que me escuchó atentamente hasta que finalmente me dijo: “Quizás una psicoterapia te pueda ayudar”. Probablemente porque a él le había ido bien yendo a un psicólogo cuando era niño, pensó que mi problema “físico” podría mejorar con terapia “mental”.

Fue entonces cuando acudí por primera vez en mi vida a una consulta de psicología. Me acuerdo de mi sentimiento inicial de desconfianza y escepticismo en que nada de aquello me pudiera ayudar. Sin embargo, no tenía nada que perder. Llevaba años sintiéndome muy angustiada y triste por aquel problema sin remedio de las miodesopsias. “A peor no podría ir”, pensaba.

"Me acuerdo de mi sentimiento inicial de desconfianza y escepticismo en que nada de aquello me pudiera ayudar. Sin embargo, no tenía nada que perder"

Recuerdo cómo el primer día le hablé a la psicóloga acerca de mis manchas oculares y la desgracia que me había caído desde que las vi por primera vez. El sufrimiento que para mí conllevaba ver esas “moscas voladoras” todo el tiempo. Como se apoderaban de mi atención y me hacían reducir mi rendimiento. Recuerdo cómo tras mi discurso la psicóloga asintió y me dijo: “siento el sufrimiento y malestar que todo esto te está ocasionando”, “cuéntame ahora algo más que te esté molestando”. Me dejó sin palabras, “¿Algo más que me esté molestando?”, “¿Qué querría decir?”. De repente me puse a pensar en si había algo más que me produjera sufrimiento. Pensé, pero no encontraba nada que decir. “No hay nada”, le dije. Pero dudé, “Cómo no va a haber nada más que me moleste?” pensé hacia mis adentros. Algo me empezaba a venir a la mente. “Bueno, comencé…”.

Empecé entonces a extraer de mi mente asuntos pasados y presentes que, aunque a priori no les dedicaba tiempo en mi día a día porque los sentía como “superados”, sí que al hablar sobre ellos me daba cuenta de que me preocupaban o me entristecían más de lo que creía. Terapia tras terapia, fui poco a poco siendo más consciente de esos otros problemas “desagradables” que mi cerebro dejaba “ocultos”, en el “inconsciente”, en parte gracias a mi ocupación diaria con las miodesopsias.  ¿Sería posible que las dichosas moscas volantes fueran una especia de muleta que mi cerebro usaba para así no tener que ocuparme de otros problemas más complejos o dolorosos?

La mejoría no fue rápida ni mucho menos, tardó años en llegar. Pero sí que lentamente fui entendiendo cómo funcionaba (o disfuncionaba) mi mente. Una llamada telefónica desagradable, algún problema en el trabajo, una discusión familiar, un recuerdo del pasado, solía ser el detonante de que ese día estuviera más agobiada con el tema de las miodesopsias. ¡Qué locura todo aquello! ¿Cómo podía mi mente funcionar así?

Gracias a entender mejor mis mecanismos mentales, conseguí finalmente vivir la vida sin prestar atención a las miodesopsias. Por supuesto, sigo teniendo que lidiar con sufrimiento mental, pero éste proviene de los problemas “reales” que ya mi mente no tiene que esconder o transformar en forma de malestar físico. No quiere decir que aún no siga de vez en cuando teniendo algún dolor o molestia aquí o allá y que, más tarde, yo misma me dé cuenta de que no es más que una somatización. Digamos que he aprendido a afrontar mis síntomas corporales sin que me derive en un gran trastorno, preocupación o sufrimiento. En definitiva, he aceptado mi locura. Al fin y al cabo, ¡quien se libra de no tener alguna! Lo crucial, en mi opinión, es no sentir vergüenza por ella, aceptar que todos somos vulnerables y saber pedir ayuda profesional cuando se necesita.

Marisol. Abogacía.

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